Los mitos de la biotecnología agrícola: algunas consideraciones éticas.

Miguel A. Altieri

Catedrático de la Universidad de California, Berkeley, Estados Unidos
 

Tomado de la Revista Red, Gestión de Recursos Naturales, segunda época, número 14, enero-marzo de 1999, pp 62-67
 

Las tendencias hacia una visión reduccionista de la naturaleza y la agricultura promovida por la biotecnología contemporánea deben ser revertidas por un enfoque holístico que investigue aspectos biotecnológicos ecológicamente aceptables.

Durante años, los académicos han supuesto que la agricultura no representa un problema especial para la ética ambiental, a pesar del hecho de que la vida y la civilización humanas dependen de la artificialización intencional de la naturaleza para llevar a cabo la producción agrícola. Hasta los críticos de los impactos ambientales de los pesticidas y de las implicaciones sociales de la tecnología agrícola no han podido conceptualizar una ética ambiental coherente aplicable a los problemas agrícolas (Thompson, 1995). En general, la mayor parte de los proponentes de la agricultura sostenible, condicionados por un determinismo tecnológico, carecen de un entendimiento de las raíces estructurales de la degradación medioambiental ligada a la agricultura capitalista.

Por tanto, al aceptar la actual estructura socioeconómica y política de la agricultura como algo establecido, muchos profesionales del agro se han visto limitados para implementar una agricultura alternativa que realmente desafíe tal estructura (Levins y Lewotin, 1985). Esto es preocupante, especialmente hoy que las motivaciones económicas, más que las preocupaciones sobre el medio ambiente, determinan el tipo de investigación y las modalidades de producción agrícola que prevalecen en todo el mundo (Busch et al., 1990).

De aquí que sostenemos que el problema clave que los agroecólogos deben enfrentar es que la moderna agricultura industrial, hoy epitomizada por la biotecnología, se funda en premisas filosóficas fundamentalmente falsas y que precisamente esas premisas necesitan ser expuestas y criticadas para avanzar hacia una agricultura verdaderamente sostenible.

Esto es particularmente relevante en el caso de la biotecnología, donde la alianza de la ciencia reduccionista y una industria multinacional monopolizada, que conjuntamente perciben los problemas agrícolas como simples deficiencias genéticas de los organismos llevarán nuevamente a la agricultura por una ruta equivocada (Levidow y Carr, 1997).

El objetivo de este trabajo es contrarrestar las falsas promesas hechas por la industria de la ingeniería genética, que alega que ella alejará a la agricultura de la dependencia en los insumos químicos, que incrementará su productividad y que también disminuirá los costos de los insumos, ayudando a reducir los problemas ambientales (OTA, 1992). Al oponernos a los mitos de la biotecnología damos a conocer lo que la ingeniería genética realmente es: otra "solución mágica" destinada a evadir los problemas ambientales de la agricultura (que de por sí son el resultado de una ronda tecnológica previa de agroquímicos), sin cuestionar las falsas suposiciones que crearon los problemas en primer lugar (Hindmarsh, 1991). La biotecnología desarrolla soluciones monogénicas para problemas que derivan de sistemas de monocultivo ecológicamente inestables, diseñadas sobre modelos industriales de eficiencia. Ya se ha probado que tal enfoque unilateral no fue ecológicamente confiable en el caso de los pesticidas (Pimentel et al., 1992).

Cuestionamiento ético de la biotecnología

Las críticas ambientalistas a la biotecnología cuestionan las suposiciones de que la ciencia de la biotecnología está libre de valores y que no puede estar equivocada o mal utilizada, y piden una evaluación ética de la investigación en ingeniería genética y sus productos (Krimsky y Wrubel, 1996). Quienes proponen la biotecnonología son considerados como los que tienen una visión utilitaria de la naturaleza y favorecen el libre intercambio (trade-off) de las ganancias económicas por el daño ecológico, indiferentes ante las consecuencias para los seres humanos (James, 1997). En el corazón de la crítica están los efectos biotecnológicos sobre las condiciones sociales y económicas y los valores religiosos y morales que conllevan a preguntas tales como:

También surgen algunas preguntas específicas sobre la naturaleza de la tecnología, en tanto otras cuestionan la dominación de la agenda de investigación agrícola por intereses comerciales. La distribución desigual de los beneficios, los posibles riesgos ambientales y la explotación de los recursos genéticos de las naciones pobres por las ricas demandan algunas interrogantes más profundas: Los mitos de la biotecnología

Las corporaciones de agroquímicos que controlan la dirección y los objetivos de la innovación agrícola por medio de la biotecnología sostienen que la ingeniería genética mejorará la sostenibilidad de la agricultura resolviendo los problemas que afectan al manejo agrícola convencional y librarán a los agricultores del tercer mundo de la baja productividad, la pobreza y el hambre (Molnar y Kinnucan, 1989; Gresshoft, 1996). Comparando el mito con la realidad, la siguiente sección describe cómo y por qué los avances actuales de la biotecnología agrícola no logran tales promesas y expectativas.
 
 

Mito 1:

La biotecnología beneficiará a los agricultores en Estados Unidos y del mundo desarrollado.

La mayoría de las innovaciones en biotecnología agrícola son motivadas por criterios económicos más que por necesidades humanas, por lo tanto la finalidad de la industria de la ingeniería genética no es resolver problemas agrícolas sino obtener ganancias. Más aún, la biotecnología pretende industrializar la agricultura en mayor grado e intensificar la dependencia de los agricultores en insumos industriales, ayudados por un sistema de derechos de propiedad intelectual que inhibe legalmente los derechos de los agricultores a reproducir, intercambiar y almacenar semillas (Busch, et al., 1990). Al controlar el germoplasma desde la semilla hasta la venta y forzar a los agricultores a pagar precios inflados por los paquetes de semilla-químicos, las compañías están dispuestas a obtener el mayor provecho de su inversión.

Debido a que las biotecnologías requieren grandes capitales, ellas continuarán condicionando el patrón de cambio de la agricultura en los Estados Unidos, al aumentar la concentración en la producción agrícola en manos de las grandes corporaciones. Como en el caso de otras tecnologías que ahorran mano de obra, al aumentar la productividad, la biotecnología tiende a reducir los precios de los bienes y a poner en marcha una maquinaria tecnológica que deja fuera del negocio a un número significativo de agricultores, especialmente de pequeña escala. El ejemplo de la hormona de crecimiento bovino confirma la hipótesis de que la biotecnología acelerará la desaparición de las pequeñas fincas lecheras (Krimsky y Wrubel, 1996).
 
 

Mito 2:

La biotecnología beneficiará a los pequeños agricultores y favorecerá a los hambrientos y pobres del tercer mundo.

Si la revolución verde ignoró a los agricultores pequeños y de escasos recursos, la biotecnología exacerbará aún más la marginalización porque tales tecnologías están bajo el control de corporaciones y protegidas por patentes, son costosas e inapropiadas para las necesidades y circunstancias de los grupos indígenas y campesinos (Lipton, 1989). Ya que la biotecnología es una actividad principalmente comercial, esta realidad determina las prioridades de qué investigar, cómo se aplica y a quién beneficiará. En tanto el mundo carece de alimentos y sufre de contaminación por pesticidas, el foco de las corporaciones multinacionales es la ganancia, no la filantropía. Ésta es la razón por la cual los biotecnólogos diseñan cultivos transgénicos para nuevos tipos de mercado o para sustitución de las importaciones, en lugar de buscar mayor producción de alimentos (Mander y Goldsmith, 1996). En general las compañías de biotecnología dan énfasis a un rango limitado de cultivos para los cuales hay mercados grandes y seguros, dirigidos a sistemas de producción de grandes capitales. Como los cultivos transgénicos son plantas patentadas, esto significa que campesinos pueden perder los derechos sobre su propio germoplasma regional y no se les permitirá, según el GATT, reproducir, intercambiar o almacenar semillas de su cosecha (Crucible Group, 1994). Es difícil concebir cómo se introducirá este tipo de tecnología en los países del tercer mundo de modo que favorezca a las masas de agricultores pobres.

Si los biotecnólogos estuvieran realmente comprometidos en alimentar al mundo, ¿Por qué los genios de la biotecnología no se vuelcan a desarrollar nuevas variedades de cultivos más tolerantes a las malezas en vez de a los herbicidas?

¿O por qué no se desarrollan productos más promisorios de biotecnología como plantas fijadoras de nitrógeno o tolerantes a la sequía?

Los productos de la biotecnología debilitarán las exportaciones de los países del tercer mundo, especialmente de los productores de pequeña escala. El desarrollo, vía biotecnología, del producto "Thaumatin" es apenas el comienzo de una transición a edulcorantes alternativos que reemplazarán al mercado del azúcar del tercer mundo en el futuro (Mander y Goldsmith, 1996). Se estima que alrededor de diez millones de agricultores de caña de azúcar en el tercer mundo podrían enfrentar una pérdida de su sustento cuando los edulcorantes procesados en laboratorio comiencen a invadir los mercados mundiales. La fructosa producida por la biotecnología ya ha capturado cerca de 10% del mercado mundial y ha causado la caída de los precios del azúcar, dejando sin trabajo a cientos de miles de trabajadores. Pero tal limitación de las oportunidades rurales no se circunscribe a los edulcorantes. Aproximadamente 70 mil agricultores productores de vainilla en Madagascar quedaron en la ruina cuando una firma de Texas produjo vainilla en sus laboratorios de biotecnología (Busch et al., 1990). La expansión de las palmas aceiteras clonadas por Unilever incrementarán de manera sustancial la producción de aceite de palma con dramáticas consecuencias para los agricultores que producen otros aceites vegetales (de maní en Senegal y de coco en Filipinas).

Mito 3:

La biotecnología no atentará contra la soberanía ecológica del tercer mundo.

Desde que el Norte se dio cuenta de los servicios ecológicos que proporcionaba la biodiversidad, de los cuales el Sur es el mayor depositorio, el tercer mundo ha sido testigo de una "fiebre genética", en la medida en que las corporaciones multinacionales exploran los bosques, campos de cultivos y costas en busca del oro genético del sur (Kloppenburg, 1988). Protegidas por el GATT, estas corporaciones practican libremente la "biopiratería", la cual cuesta a las naciones en desarrollo, según la fundación para al Avance Rural (RAFI) unos US$4.5 mil millones al año por la pérdida de regalías de las compañías productoras de alimentos y productos farmacéuticos, las cuales usan el germoplasma y las plantas medicinales de los campesinos e indígenas (Levidow y Carr, 1997).

Está claro que los pueblos indígenas y su diversidad son vistos como materia prima por las corporaciones multinacionales, las cuales han obtenido miles de millones de dólares en semillas desarrolladas en los laboratorios de Estados Unidos a partir de germoplasma que los agricultores del tercer mundo mejoraron cuidadosamente por generaciones (Fowler y Mooney, 1990). Por el momento, los campesinos no son recompensados por su milenario conocimiento, mientras las corporaciones multinacionales empiezan a obtener regalías de los países del tercer mundo estimadas en miles de millones de dólares. Hasta ahora las compañías de biotecnología no han recompensado a los agricultores del tercer mundo por las semillas que toman y usan (Kloppenburg, 1988).
 
 

Mito 4:

La biotecniología conducirá a la conservación de la biodiversidad.

Aunque la biotecnología tiene la capacidad de crear una mayor variedad de plantas comerciales y de esta manera contribuir a la biodiversidad, es difícil que esto suceda. La estrategia de las corporaciones multinacionales es crear amplios mercados internacionales para la semilla de un solo producto. La tendencia es formar mercados internacionales uniformes de semillas (Mac Donald, 1991). Aún más, las medidas dictadas por las corporaciones multinacionales sobre el sistema de patente que prohibe a los agricultores re-usar la semilla que rinde sus cosechas, afectará las posibilidades de la conservación in situ y el mejoramiento de la diversidad genética en al ámbito local.

Los sistemas agrícolas desarrollados con cultivos transgénicos favorecerán los monocultivos que se caracterizan por niveles peligrosos de homogeneidad genética, los cuales conducen a una mayor vulnerabilidad de los sistemas agrícolas a los estreses bióticos y abióticos (Robinson, 1996). Conforme la nueva semilla producida por bioingenería reemplace a las antiguas variedades tradicionales y a sus parientes silvestres, se acelerará la erosión genética (Fowler y Mooney, 1990). De este modo, la presión por la uniformidad no sólo destruirá la diversidad de los recursos genéticos, sino que también romperá la complejidad biológica que condiciona la sostenibilidad de los sistemas agrícolas tradicionales (Altieri, 1994).

Mito 5:

La biotecnología no es ecológicamente dañina y dará origen a una agricultura sostenible libre de químicos.

La biotecnología se está desarrollando para parchar los problemas causados por anteriores tecnologías con agroquímicos (resistencia a los pesticidas, contaminación, degradación del suelo, etc.) los cuales fueron promovidos por las mismas compañías que ahora son líderes de la biorrevolución. Los cultivos transgénicos desarrollados para el control de plagas siguen fielmente el paradigma de los pesticidas de usar un solo mecanismo de control que ha fallado una y otra vez con insectos, patógenos y malezas (NRC, 1996). Los cultivos transgénicos tienden a incrementar el uso de los pesticidas y acelerar la evolución de "super malezas" y plagas de razas de insectos resistentes (Rissler y Mellon, 1996). El enfoque "un gen resistente-una plaga" ha sido superado fácilmente por las plagas, las cuales se adaptan continuamente a nuevas situaciones y evolucionan mecanismos de detoxificación (Robinson, 1997).

Hay muchas preguntas ecológicas sin respuesta referentes al impacto de la liberación de plantas y microorganismos transgénicos en el medio ambiente. Entre los principales riesgos asociados con las plantas obtenidas por la ingeniería genética están la transferencia no internacional de los "trangenes" a parientes silvestres de los cultivos y los efectos ecológicos impredecibles que esto implica (Rissler y Mellon, 1996).

Por las consideraciones mencionadas, la teoría agroecológica predice que la biotecnología exacerbará los problemas de la agricultura convencional y al promover los monocultivos también socavará los métodos ecológicos de manejo agrícola tales como la rotación y los policultivos (Hindmarsh, 1991). Como está concebida, en la actualidad la biotecnología no se adapta a los ideales amplios de una agricultura sostenible (Kloppenburg y Burrows, 1996).

Mito 6:

La biotecnología mejorará el uso de la biología molecular para beneficio de todos los sectores de la sociedad.

La demanda por la nueva biotecnología no surgió como un resultado de demandas sociales sino de cambios en las leyes de patentes y los intereses de lucro de las compañías de químicos de enlazar semillas y pesticidas. El producto surgió a partir de los avances sensacionales de la biología molecular y de la disponibilidad de capitales aventureros por arriesgar como resultado de leyes favorables de impuestos (Webber, 1990). El peligro reside en que el sector privado está influyendo en la dirección de la investigación del sector público en una forma sin precedentes (Kleinman y Kloppenburg, 1998).

En la medida en que más universidades e institutos públicos de investigación se asocien con las corporaciones, aparecen cuestiones éticas más serias sobre quién es dueño de los resultados de la investigación y qué investigaciones se hacen. La tendencia a guardar el secreto de los investigadores universitarios involucrados en tales asociaciones trae a colación preguntas sobre ética personal y sobre conflictos de intereses. En muchas universidades, la habilidad de un profesor para atraer la inversión privada es a menudo más importante que las calificaciones académicas, eliminando los incentivos para que los científicos sean responsables ante la sociedad. Las áreas como el control biológico y la agroecología, que no atraen el apoyo corporativo, están siendo dejadas de lado y esto no favorece al interés público (Kleinman y Koppenburg, 1988).
 
 

Conclusiones

A fines de los ochenta una publicación de Monsanto indicaba que la biotecnología revolucionaría la agricultura en el futuro con productos basados en los métodos propios de la naturaleza, haciendo que el sistema agrícola sea más amigable para el medio ambiente y más provechoso para el agricultor (OTA, 1992). Más aún, se proporcionarían plantas con defensas genéticas autoincorporadas contra insectos y patógenos. Desde entonces, muchas otras han prometido varias otras recompensas que la biotecnología puede brindar a través del mejoramiento de cultivos. El dilema ético es que muchas de estas promesas son infundadas y muchas de las ventajas o beneficios de la biotecnología no han podido o no han sido hechos realidad. Aunque es claro que la biotecnología puede ayudar a mejorar la agricultura, dada su actual orientación, la biotecnología provoca más bien daños al medio ambiente, una mayor industrialización de la agricultura y una intrusión más profunda de intereses privados en la investigación del sector público. Hasta ahora la dominación económica y política de las corporaciones multinacionales en la agenda de desarrollo agrícola ha tenido éxito a expensas de los intereses de los consumidores, campesinos, pequeñas fincas familiares, la vida silvestre y el medio ambiente.

Es urgente para la sociedad civil tener una participación mayor en las decisiones tecnológicas para que el dominio que ejercen los intereses corporativos sobre la investigación científica sea balanceado por un control público más estricto. Las organizaciones públicas nacionales e internacionales como FAO, CGIAR, etc., tendrán que monitorear y controlar que los conocimientos aplicados no sean propiedad del sector privado para proteger que tales conocimientos continúen siendo del dominio público para benéfico de las sociedades rurales. Deben desarrollarse regímenes de regulación controlados públicamente y emplearlos para monitorear y evaluar los riesgos sociales y ambientales de los productos de la biotecnología (Webber, 1990).

Finalmente, las tendencias hacia una visión reduccionista de la naturaleza y la agricultura promovida por la biotecnología contemporánea debe ser revertida por un enfoque más holístico de la agricultura, para asegurar que las alternativas agroecológicas no sean ignoradas y que sólo se investiguen y desarrollen aspectos biotecnológicos ecológicamente aceptables. Ha llegado el momento de enfrentar efectivamente el reto y la realidad de la ingeniería genética. Como ha sido con los pesticidas, las compañías de biotecnología deben sentir el impacto de los movimientos ambientalistas, laborales y campesinos de modo que reorienten su trabajo para el beneficio de toda la sociedad y la naturaleza. El futuro de la investigación con base en la tecnología estará determinado por relaciones de poder y no hay razón para que los agricultores y el público en general, si hacen uso de su poder , no pueden influir en la dirección de la biotecnología para que cumpla con las metas de la sostenibilidad.
 
 
 
 

Bibliografía

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