Aprendizaje de dos estrategias aparentemente contradictorias hacia los bosques: manejo forestal y protección de la biodiversidad

Patricia Gerez Fernández

Consejo Civil Mexicano para la Silvicultura Sostenible, A.C

Versión ampliada de la ponencia presentada en el Foro Intergeneracional del Programa Medio Ambiente y Desarrollo Sustentable (LEAD-Méx), Colegio de México, Noviembre 1998.

Una concepción bipolar dominaba las políticas públicas respecto a los recursos naturales a principios del Siglo XX. En un extremo se ubicaba la protección de la diversidad biológica sustentada en la propuesta de conservación de la naturaleza que inició el movimiento de Parques Nacionales en los Estados Unidos, en 1872. Este modelo de conservación impulsó el establecimiento de Áreas Naturales Protegidas donde se resguardan áreas intactas, especies de flora y fauna, paisajes excepcionales y ecosistemas en su estado de clímax, de forma que se evitara cualquier actividad humana. Para lograrlo expulsaron a los indios de sus territorios pues los creadores de este modelo necesitaban esas tierras inhabitadas (Hecht y Cockburn, 1990).

Al paso de las décadas este modelo, exporta do a diversos países sin modificaciones sustanciales, ha mostrado sus limitaciones: la misma visión científica de "ecosistema clímax" y del papel que las perturbaciones naturales (y humanas) han tenido en la dinámica de los ecosistemas, ha cambiado. Ahora se reconoce que evitar los "desastres naturales" y con ellos ciertas actividades humanas, tienen un efecto de cambio en el ecosistema que se quiere conservar en "estado intacto". La mayor parte de las comunidades naturales (tipos de vegetación) están adaptadas a las perturbaciones (por ejemplo: fuego, huracanes, volcanes, etc.), de forma tal que sin su presencia no existiría él estimulo necesario para iniciar su reproducción y re-establecimiento. Ejemplos de ello son: las praderas naturales del Oeste americano, los bosques de coníferas y las selvas tropicales de la península de Yucatán. Dicho modelo de conservación se ha sustentado en una visión estática de la naturaleza y sus ciclos de reproducción; pero además ha ignorado la existencia de ancestrales sociedades humanas que han habitado y habitan esas áreas "intactas", cuya conformación y composición de especies es resultado de sucesivas perturbaciones antropogénicas.

El otro polo de esta concepción respondía a una visión exactamente opuesta donde lo que se buscaba era explorar los recursos albergados en estos ecosistemas con un enfoque económico de corto plazo. Así se elaboraron esquemas de "desarrollo rural" donde se consideraban tierras ociosas o baldías a toda aquella superficie que no estuviera utilizada por la agricultura y la ganadería. Acorde con esta concepción, en nuestro país se creó la Comisión Nacional de Desmontes, que operó sobre todo en las extensas planicies de Tamaulipas, Veracruz, Tabasco y Campeche donde quemó millones de metros cúbicos de madera y transformó millones de hectáreas de selvas en pastizales poco productivos. El destino de los bosques y selvas ubicados en las sierras de dictó con las concesiones forestales. Desde finales del Siglo XIX se dieron concesiones de explotación forestal a diversas empresas extranjeras para la extracción de maderas tropicales y templadas que exportaban directamente. A partir de la década de 1940 y hasta 1980 se dieron concesiones de miles de hectáreas a empresas nacionales, privadas y para-estatales. Su objetivo era incorporar estas áreas marginales al desarrollo industrial del país, mediante la producción de celulosa y para la construcción. La explotación forestal que sé hacia era tipo minero, pues se extraían los árboles más grandes y mejor conformados dejando un bosque "descremado", es decir, un bosque con bajo valor comercial.

Ese modelo de conservación ha sido poco efectivo para las condiciones mexicanas (así como otros países en desarrollo), puesto que no consideró la presencia de una alta densidad de población rural marginada, ni la historia de uso de la tierra y de poblamiento de las sierras, donde el común denominador ha sido el despojo de los territorios indígenas por parte del Estado o por compañías madereras nacionales y extranjeras. Tampoco consideró que las prácticas tradicionales agrícolas de roza-tumba-quema han sido el permanente impulsor de la regeneración de numerosas especies arbóreas valiosas (v.gr.: Caoba, cedro y pinos): Dicho modelo de protección se sustentaba en recursos humanos externos, casi siempre investigadores o administradores de parques que periódicamente iban a esos lugares para "cuidarlo" (sí es que había suficiente presupuesto). Eran inexistentes o escasos los beneficios para los habitantes locales, y cuando había poblados dentro de estas áreas protegidas se intentaba re-localizarlos en otras tierras, o bloquear apoyos "impedir la expansión de sus actividades agrícolas". Excepcionalmente se llevaba algún programa de apoyo o de capacitación para el cuidado de dichas áreas protegidas. Es decir, no había interés por desarrollar las capacidades locales en esas comunidades, por lo que con frecuencia sus habitantes se opusieron a las declaratorias de protección por considerarlas otra forma de despojo de sus tierras. Con esta dinámica se establecieron los Parques Nacionales, las Reservas Científicas, los Refugios de Flora y Fauna, los Monumentos Nacionales, entre otras declaratorias de protección.

Por otra parte, el modelo de explotación minera de los bosques y selvas tampoco fue más efectivo, si visión reducida y abusiva del bosque provocó un deterioro a mejorar las condiciones de vida de los habitantes de dichas regiones. La propuesta de explotación buscaba la viabilidad económica a corto plazo de esa actividad. Los técnicos y especialistas en bosques trabajaban para que el maderero secara los volúmenes necesarios para hacer viable el negocio. De esta forma, entre 1940 y 1970 hubo numerosos pueblos que vieron abrirse caminos y brechas hacia los bosques de su territorio para sacar madera, pero ellos continuaban utilizando las mismas estrechas veredas. Las concesiones forestales, las reservas forestales y los programas de colonización estaban integrados con la ampliación de la frontera agrícola.

Los impactos

El resultado de estas dos visiones opuestas sobre los recursos naturales ha sido similar: provocaron un progresivo deterioro de los ecosistemas que se querían proteger o utilizar, así como un continuo empobrecimiento de los habitantes de esas regiones.

Ejemplos hay muchos, aquí resumimos tres. Uno de ellos es el Parque Nacional Cofre de Perote decreto en 1932. Al siguiente año empezó el reparto agrario en la región sin que hubiera algún cuidado como resultado de ese decreto federal. Así se repartieron ejidos, pequeñas propiedades y se estableció una colonia agrícola. Con el tiempo esta "indefinición" en la tenencia de la tierra trajo numerosos problemas a los habitantes de esta zona, marginados de varios apoyos para la producción por estar dentro de un Parque Nacional, el cual tampoco tuvo nunca una entidad administrativa responsable.

Actualmente sólo una cuarta parte de su superficie esta cubierta por bosques en su mayor parte deteriorados por la tala clandestina y por el sobre-pastoreo de ganado menor. Hay una alta densidad poblacional y la principal actividad económica es la siembra de papa (impulsada por créditos de bancos privados), la cual ha dejado de ser rentable debido al agotamiento de los suelos y a las plagas endémicas. No hay apoyos para mejorar la situación de sus siembras, ni para impulsar actividades forestales económicas "porque están dentro de un Parque Nacional". De esta forma se mantiene un circulo de pobreza extrema y de deterioro de los recursos forestales. Este es un ejemplo de la situación en que se encuentran varias Áreas Naturales Protegidas. Los ejidos colindantes con este Parque Nacional estuvieron sujetos a una veda forestal durante casi 30 años, período durante el cual se explotaron extensivamente todos sus bosques. En 1989 se revocó la veda y se establecieron programas de manejo forestal en varios ejidos, los que en la actualidad contienen una densidad arbolada mayor que le existente dentro del Parque Nacional Cofre de Perote, en veda y fuente de madera clandestina (Gerez, 1995; Gerez, Alatorre y Merino, 1995; Merino y Alatorre, 1997).

Otro ejemplo es el de la Reserva de la Biosfera (RB) de Montes Azules en Chiapas. Se decretó en 1978, con una superficie de 331 mil hectáreas. El decreto de RB indicaba que el predio era para los Lacandones, negando la existencia de otras etnias habitantes de dicha zona. En Montes Azules se evidenciaron las políticas conflictivas y contradictorias sobre el desarrollo y la conservación. En Chiapas no se promovió ninguna experiencia de manejo forestal comunitario (que en estados vecinos si se desarrollaron), por privilegiar las vedas forestales. Pero tampoco se trabajo con las poblaciones locales para desarrollar prácticas alternativas agro-silvo-pastoriles por temor a impulsar un "polo de desarrollo" que atrajera pobladores de los Altos (fenómeno que de facto y a existía). Así, este "ambientalismo exclusionista" (Bray, 1997) contribuyó a incrementar la pobreza y la marginación social de lo pobladores de esta RB. Los habitantes recibieron el mensaje de que las plantas y los animales eran más importantes que ellos. Dos décadas después, el fracaso es evidente pues no se ha logrado detener la deforestación y los problemas de marginación extrema de la población los ha llevado a un levantamiento contra el gobierno federal. Han sido perdedores tanto el recurso humano, como el natural.

El tercer ejemplo se refiere a la Reserva de la Biosfera Monarca, decreta en 1986, con cinco áreas discontinuas. Se trata también de una región forestal con alta densidad de población y presencia persistente de extracción clandestina de madera. Se creó con la finalidad de proteger a las zonas de intervención de Danaus Plexippus. La delimitación de las zonas fuera de la reserva, y en medidas de manejo recomendadas so son las más adecuadas: algunos científicos afirman que el único alimento que necesita la mariposa durante su invernación es el néctar de una especie que crece en los claros del bosque (Hott, 1995). Los ejidos, dueños de esos territorios, vivían y siguen viviendo de la actividad forestal, cuando se declara la RB no se les consulta, compensa, ni siquiera se les informa (Merino, 1997), además se establece una veda forestal en todas las zonas núcleo y fuertes restricciones en las zonas de amortiguamiento. La falta de un diálogo conciliador entre conservacionistas y habitantes locales, de acciones que beneficien económicamente a los dueños del bosque, al tiempo que los protegen, así como la imposición de un esquema externo de "administración de la reserva" están provocando inestabilidad en los mecanismos locales de control sobre los accesos al bosque y beneficiando a los talamontes clandestinos. El establecimiento de esta RB tampoco ha logrado detener los procesos de deterioro y de clandestinaje en esta región, ni proteger todos los sitios de invernación de la Monarca.

¿Otra estrategia?

En la víspera del Siglo XXI es conveniente evaluar los logros obtenidos en la reducción de las tasas de deterioro de los recursos naturales: todo lo contrario, las estadísticas mundiales y nacionales muestran un constante incremento. Seguimos planteando esquemas contradictorios que difícilmente coinciden con la realidad del campo mexicano. Tal vez hemos equivocado la estrategia. Tal vez avanzaríamos más si tratamos de abrir un espectro de opciones más diverso donde las propuestas de conservación se adapten a las condiciones y necesidades humanas de cada región, y donde esas visiones contrarias encuentren puentes de comunicación y de acciones conjuntas. En este sentido hay varias experiencias ya encaminada s que permiten visualizar nuevos planteamientos para la conservación y para el manejo de los recursos naturales.

A partir de la década de 1980 aparecen otras propuestas de manejo forestal con una concepción diferente, se impulsó la forestería comunitaria como una alternativa a las concesiones madereras, donde los ejidos y/o comunidades indígenas se convirtieron en productoras de materia prima forestal (Aguilar, 1992; González, 1992). Con el tiempo, ha habido una evolución y varias han logrado pasar a la transformación en tabla e incluso a la comercialización de productos terminados. El resultado de la forestería comunitaria en México ha sido una apropiación del proceso de producción por parte de los dueños del bosque, pero también un mayor cuidado del recurso natural del cual dependen estas comunidades, ejidos y pequeños propietarios. Han recibido capacitación, tienen técnicos locales, protegen sus acuíferos, mantienen sus redes de caminos, promueven la regeneración de su bosque, cuidan la reforestación y, controlan incendios y plagas. Las comunidades y ejidos que llevan manejando sus bosques desde hace 8-12 años presentan una cobertura arbolada que no ha disminuido y que en algunas ocasiones se ha incrementado (por la recuperación de áreas degradadas)1. En Quintana Roo, únicas selvas bajo manejo forestal en el país, el concepto de Área Forestal Permanente ha permitido mantener miles de hectáreas arboladas desde la década de 1980 (Galletti y Argüelles, 1987).

El avance es importante si se considera que hace apenas 15 años los habitantes de estos bosques y selvas apenas participaban como peones en la explotación de sus recursos y no tenían conocimiento del valor económico, ni de las técnicas necesarias para hacer un aprovechamiento de su madera en forma sostenida. Ciertamente se necesita evaluar la capacidad, los programas de manejo y el proceso de producción completo con el fin de mejorarlos e incorporar aspectos específicos de conservación, del mantenimiento de las especies aprovechadas y de la eficiencia productiva.

El esquema de conservación de áreas aisladas de la sociedad y de ecosistemas prístinos no coincide con la realidad. En este país (como en muchos otros) hay poblaciones humanas hasta en las sierras más alejadas, ha habido y hay presencia de actividad humana; las zonas intactas ó prístinas son excepciones y son más bien áreas pequeñas. En las próximas décadas ¿debe enfocarse la conservación y el manejo de los recursos naturales conjuntamente con sus dueños?. En realidad esta pregunta no debería plantearse como opuestos, sino como complementos necesarios y urgentes, dadas las características de marginación social, tenencia de la tierra y uso de los recursos naturales presentes en nuestro país.

Tenemos todavía la necesidad de proteger áreas específicas donde se han detectado hábitats importantes, ya sea por su singularidad, su diversidad biológica, por ser zonas de nacimiento y recarga de acuíferos (los cuales comienzan a adquirir cada vez mayor importancia para las sociedades urbanas e industriales). Mantener la cobertura arbolada en las cuencas altas y en los cauces es evidente, tanto en términos económicos y sociales, como ambientales; Sobre todo después de los deslaves e inundaciones en la costa chiapaneca (septiembre de 1998), resultado de la deforestación de zonas altas y de la construcción de casas en los causes de los ríos.

La aparición en los años setenta del esquema de la Reserva de la Biosfera abrió una opción interesante en la concepción científica de la conservación, pues incorporó a los habitantes de esas regiones, pero no les ha dado todavía la responsabilidad para hacerse cargo del manejo de ese territorio, y por lo tanto de la conservación de sus recursos naturales. Por su parte, el manejo forestal esta empezando a modificar su visión del bosque para incorporar aspectos de protección y de diversificación de la producción forestal, donde los productos no maderables empiezan a tener importancia económica.

Este cambio de modelo está siendo impulsado por la aparición de incentivos de mercado para premiar el buen manejo forestal con "sellos verdes" (como el Forest Stewardship Council-FCS, Consejo Mundial Forestal), surgidos de la conciencia de consumidores interesados en la conservación y en el buen manejo, es decir de un compromiso entre los dos polos mencionados al principio de este documento. Estamos aproximándonos a una propuesta socio-ambiental, en su sentido más científica pero también con la participación directa y la responsabilidad de los habitantes de las zonas forestales.

Los aprendizajes

Los cambios ocurridos en ambos polos nos dejan varios aprendizajes. La primera es que el nuevo modelo de conservación debe ser diverso en su concepción de las opciones de manejo y debe incorporar desde el inicio a los habitantes locales de una forma activa y corresponsable.

En esta propuesta socio-ambiental hay recursos humanos externos especializados, porque se requieren profesionistas e investigadores para la elaboración de estudios específicos y para la capacitación de recursos humanos locales. En este aspecto hay otro nivel de aprendizaje que se refiere a los perfiles de los profesionistas y técnicos que están generando las nuevas opciones de conservación: Los ingenieros y técnicos forestales, de agrónomos, biólogos, ecólogos, sociólogos rurales y antropólogos, así como de administradores, que trabajan en y con los dueños de los recursos, deben tener la sensibilidad para incorporar las necesidades de éstos, a la vez que influyen en los aspectos que requieren mejoramiento. No es tarea fácil, la formación profesional y especializada nos lleva a creer que " la suma de las partes es el todo" provocando, con frecuencia, resultados parciales e incluso contradictorios.

Los controles sobre los recursos naturales locales (administración y manejo) deben pasar a ser controles internos de los habitantes y dueños de los recursos, quienes necesitan diseñar sus organizaciones y establecer normas locales y formas transparentes de rendición de cuentas consensadas. 2

Los beneficios económicos, directos e indirectos, deben ser fundamentalmente para los habitantes de estas zonas. El desarrollo de capacidades locales es un aspecto urgente, sobre todo si consideramos que la población está creciendo y que los jóvenes tienen derecho a acceder a la educación y al trabajo en sus regiones. En este sentido el desarrollo de un cuerpo técnico local y/o comunitario (o ejidal, según sea el caso), responsable de la operación de los programas de manejo, aprovechamiento forestal, restauración, protección y administración, es ala base para establecer compromisos locales para el control y manejo de los recursos naturales. El desarrollo de capacidades locales para administrar sus finanzas y comercializar sus productos es un aspecto delicado que requiere más atención.

La elaboración de programas de manejo por predio facilita la identificación de aspectos únicos en cada lugar que requieren más atención y favorece una administración local más responsable. Es en este predial donde puede hacerla compatible la protección con el manejo, pues es más fácil que haya técnicos locales que puedan interpretarlo en el trabajo cotidiano. Sin embargo, los programas de manejo forestal deben dejar de ser meros requisitos documentales, para convertirse en el instrumento de monitoreo de las intervenciones realizadas en el bosque (y de adecuación de las actividades y recomendaciones técnicas). De esta forma podrá concluir la época de los "programas de corta" para entrar en la etapa de la silvicultura a largo plazo. Además, los programas de manejo por predio necesitan ajustarse (con sus vecinos) para tener una visión regional o de paisaje, con el fin de evitar recomendaciones de protección excesivas a nivel de predio (sobre todo los pequeños), pero también requeridas a nivel regional. 3

Otra área importante es el desarrollo de tecnologías de bajo impacto, así como la diversificación de productos. Estos aspectos presentan avances muy limitados. Todavía hay preferencia hacia equipos grandes, pesados y costosos (sobre todo los necesarios para la extracción y transformación de madera) y escasa atención a la calidad de los productos elaborados. A su vez, los productos maderables y la fauna solo en casos excepcionales se están integrando en los programas de manejo. En este sentido, estos aspectos son todavía un reto, a la espera de apoyos para desarrollarse, más que un aprendizaje.

Conclusión

La concepción bipolar entre conservación y manejo de recursos naturales sé esta transformando en una gama de opciones diversas. En algunas Reservas de la Biosfera, como en Mazatlán (Jalisco) y en Calakmul (Campeche); al igual que en lagunas zonas en las comunidades oaxaqueñas que conforman la Unión Zapoteca-Chinanteca, o la comunidad de Nuevo San Juan Parangaricutiro en Michoacán y en muchas otras, se están proponiendo formas diferentes de aprovechar los recursos naturales para beneficio de los habitantes locales y regionales, protegiendo zonas importantes por su diversidad biológica o por su papel hidrológico.

Hay un trabajo conjunto entre los profesionistas externos y los habitantes locales para elaborar programas de manejo y de capacitación consensados; Están impulsando proyectos de producción forestal diversificada con hongos, orquídeas y otros no-maderables, así como inventarios de flora y fauna en sus áreas de conservación. A pesar de estos avances, todavía son mayoría las ZFBM que siguen con la dinámica de explotación tipo minera de sus bosques y selvas. Sin embargo, un gran numero de ellas están haciendo esfuerzos por mejorar sus programas de manejo, por capacitarse y por proteger sus recursos naturales. Son estas áreas las que requieren de los apoyos y estímulos para establecer puentes entre la conservación y el aprovechamiento de los recursos naturales, con el fin de mantenerlos a largo plazo.

Del proceso de forestería comunitaria mexicana se puede aprender mucho. También del planteamiento de protección de la diversidad biológica combinado con el manejo de recursos naturales, tal como lo estableció el concepto de Reservas de la Biosfera. Tanto la conservación, como el manejo forestal pueden encontrar aspectos comunes para trabajar conjuntamente en la transición de lo que tendrá que ser la conservación en el siglo XXI. La discusión sobre el grado de complementariedad entre la protección y el aprovechamiento esta todavía en la mesa, esperando nuevos diseños que la hagan realidad.

Halffter (1995:10) afirmó "... es evidente que la conservación de la biodiversidad no puede seguir basándose en estrategias y filosofías generadas a fines del siglo XIX," el futuro de muestra riqueza biológica del manejo que tengan las zonas forestales que no están incluidas en el Sistema Nacional de Áreas protegidas (Halffter, 1994), pero que también necesitan atención.
 

Notas:

1. Existen aproximadamente 7 millones de hectáreas de bosques y selvas con programas de manejo forestal en el país (SARH, 1992. "Bases para la evaluación de las unidades de conservación y desarrollo". SFF_SARH). Por su parte, la superficie protegida dentro de la categoría de Reserva de la Biosfera alcanza los 8 millones de hectáreas.

2. Un resultado de la ausencia de controles internos fue evidente en las zonas donde los incendios de 1998 fueron más extensos; ahí los habitantes no tuvieron el interés por apagarlos (e, incluso los originaron). Pues no obtienen beneficios del bosque, ni están organizados para manejarlos. Algo similar en las regiones donde domina la extracción clandestina de madera.

3. Un interesante avance en este sentido es el ejercicio realizado por las cuatro comunidades asociadas en UZACHI, donde se elaboró un Programa de Manejo del Territorio Comunal para identificar zonas de protección, de manejo forestal y de uso agropecuario (a nivel de cada comunidad). Estos después se conjuntaron en una planeación del territorio a nivel de la UZACHI (Chapela y Lara, 1996).



Bibliografía citada

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Bray, D.B. 1997. "Forest and Protected Áreas Policies in the Lacandon Rainforest, Chiapas". Ponencia presentada en : XX Congreso Internacional de Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA): Guadalajara, Jal. Abril 17, 1997. 11pp.

Chapela, F y Y. Lara. 1996. La planificación Comunitaria del Manejo del Territorio. Cuadernos para una Silvicultura Sostenible. Serie Métodos para la Participación #2. CCMSS Y ERAC. Oaxaca, Oax.

Galletti, H.A. y L.A. Argüelles. 1987. "Planificación estratégica para el desarrollo rural. El caso del Plan Piloto Forestal de Quintana Roo". En: Evaluación de Tierras y Recursos para Planeación Nacional en las Zonas Tropicales. SARH y USDA-Forest Service, GTR WO-39. Pp:317-325.

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Hecht, S. Y A. Cockburn. 1990. The Fate of the Forest. Harper Perennial Publ. N.Y. (Apéndice G, pp: 269-276).

Hott, J. 1995. "Mariposas Monarcas, mitos y otras realidades aladas" En: Ciencias 37: 19-28 (Rev. Fac. Ciencias, UNAM).

Merino, L. (Coord.). 1997. El manejo forestal comunitario en México y sus perspectivas de sustentabilidad. CRIM-UNAM, SEMARNAP, WRI y CCMSS, eds. 182 pp.

Merino, L. Y G. Alatorre 1997. "Las condiciones de los aprovechamientos forestales en los casos de distintas comunidades de México". Cap 3: 75-88. (En: Merino, 1997.)


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