EL MANEJO FORESTAL DE LA SELVA EN QUINTANA ROO, MÉXICO

Henning Flachsenberg
Hugo Alfredo Galletti

Tomado del libro La Selva Maya, Conservación y Desarrollo,
Siglo XXI Editores, México 1999, 475 pp.


Introducción

Una situación típica en gran parte de los trópicos es la colonización de tierras mediante un proceso generalizado de desmonte que aprovecha la falta de mecanismos de regulación del uso del suelo. Sólo por excepción existe una infraestructura institucional capaz de poner orden en el campo y conciliar los diferentes intereses económicos sobre el uso de la tierra. Las vías para la conservación de los recursos forestales fueron tradicionalmente vistas como la exclusión de la población local de su manejo, ya sea a través de la creación de reservas forestales públicas cuyo aprovechamiento se otorgaba en concesión a particulares, o bien a través de la creación de áreas naturales protegidas. En los últimos decenios dicha posición fue cambiando, y se comenzó a ver como estructuralmente necesaria la participación de la población local para asegurar la permanencia del bosque.

En 1983 en Quintana Roo -estado ubicado en la parte oriental de la península de Yucatán- a través del proyecto denominado Plan Piloto Forestal (PPF) comenzó un proceso de apropiación de la actividad forestal por parte de los dueños de los montes. En este estado los bosques son en su inmensa mayoría de propiedad ejidal. En dicha época, el objetivo principal del PPF era detener la dinámica de desmonte y estabilizar la frontera forestal. El concepto central para detener el proceso de destrucción era que el uso racional del recurso forestal se convirtiera en un ingreso económico seguro y atractivo para la población local.

Para hacer operativa dicha concepción se dependía de varias condiciones. Los cambios en la estructuración espacial de los bosques no pueden obtenerse por la fuerza, sino que deben lograrse por medio de un proceso de negociación entre los actores, para lo cual resultaba necesario modificar la correlación de fuerzas en el campo. Técnicamente existe un marco de desarrollo a partir de los conocimientos acumulados sobre la silvicultura tropical que hace viable el manejo forestal persistente (Finegan, 1991). Sin embargo, si se parte de un esquema de participación de la población local se tropieza con el siguiente problema metodológico: ¿Cómo hacer operativos los conocimientos de manera que el modelo silvícola se adapte por un lado a las condicionantes socioeconómicas locales y al mismo tiempo no exceda la capacidad de carga del recurso forestal? (Flachsenberg, 1993b). En este contexto la definición de conceptos como permanencia o sostenibilidad se relativiza y debe ser entendida dentro de un proceso de aproximaciones sucesivas (Argüelles et al., 1993). A partir de una situación de partida caótica se deben desarrollar criterios que permitan avanzar hacia un equilibrio cada vez mayor del ecosistema manejado.

Dos elementos centrales en el proceso de avance hacia la sostenibilidad son los siguientes:
1. Para que la población local se convierta en un sujeto activo de cambio social y técnico se requiere de un "agente externo" con capacidad de promover a nivel local la implantación de nuevas prácticas y estructuras, y

2. La organización campesina tiene que avanzar hacia un tipo de organización compatible con el concepto de "Empresa Forestal", entendido en el sentido silvícola clásico de una entidad organizativa capaz de llevar a cabo las funciones de planeación, ejecución y control y tomar todas las medidas necesarias para asegurar la perpetuidad y rendimiento sostenido del bosque (Speidel, 1972). El que este proceso se dé inmerso en la economía campesina introduce limitantes específicas al desarrollo del manejo forestal.

El proceso refleja de manera impresionante las dificultades que se presentan para implementar un modelo en la realidad práctica dentro del marco de las restricciones mencionadas. En el presente artículo se discuten los aspectos silvícolas y de manejo forestal del mismo hasta la fecha de su redacción en 1996.

EL MODELO FORESTAL TRADICIONAL

El aprovechamiento maderero de la región se inició a fines del siglo pasado. Históricamente fue ajeno a la dinámica económica de las comunidades campesinas y respondía a los cánones típicos del aprovechamiento selectivo. Hasta 1953 los montes fueron explotados sin ningún plan de ordenación. Se consideraba "bosque" toda superficie arbolada. No existía el concepto de "límite" para el aprovechamiento del recurso (Galletti, 1993) y, en consecuencia, no existían condiciones para implementar un manejo forestal.

Desde 1953 hasta 1983 los bosques de la región fueron aprovechados por una concesionaria (MIQRO) bajo un plan de manejo forestal. Dichos bosques eran en parte de propiedad ejidal (seis grandes ejidos forestales), pero en su mayor parte de propiedad nacional (dos grandes lotes de terrenos nacionales denominados "norte" y "sur"). La empresa sólo extraía el arbolado comercial de mejor calidad y diámetro igual o superior a 60 cm de dos especies, caoba y cedro, que representaban aproximadamente sólo el 2% del potencial productivo de la selva. El resultado era un aprovechamiento extraordinariamente extensivo: para extraer 20 mil m3 la empresa debía repartir sus actividades en más de 500 mil ha. En el caso de los seis ejidos se hizo un plan de ordenación para cada uno de ellos. Esto tuvo como consecuencia que en dichos ejidos el aprovechamiento forestal haya tenido un carácter persisitente,  que se prolongó durante toda la duración de la concesión y significó que la población local adquiriera experiencia (como peones) en la actividad maderera. A partir de una disciplina espacial en la organización de los trabajos de monte surgió una "percepción forestal " en la población. Como avance con respecto a la etapa anterior, en estos ejidos apareció la relación entre el bosque como unidad administrativa forestal y el precio como unidad de tenencia de la tierra. En los terrenos nacionales se hizo un plan de ordenación global para cada uno de los dos lotes.

Durante esta época se aplicó un manejo de tipo policíclico. El ciclo de corta se ajustó a la duración de la consesión. Durante 25 años se debía extraer todo el arbolado de diámetros cortables estimado en el inventario forestal que llevó a cabo la empresa. En lo que hace a la repoblación se preveía: 1) dejar librada la repoblación de la selva a la regeneración natural, y 2) crear plantaciones forestales compensatorias de caoba fuera de la selva (Medina, Cuevas y de los Santos, 1968). El criterio tropezaba con dos puntos críticos: 1) el aprovechamiento selectivo abría muy poco el dosel y no se creaban condiciones favorables para la regeneración de una especie oportunista heliófila como es la caoba, y 2) en las condiciones de colonización y desmonte acelerados de la región no había seguridad para la permanencia de las plantaciones forestales. A pesar de estos problemas, el plan de ordenación de la empresa fue de carácter pionero en América Latina.

A partir de la década de los sesenta tuvo lugar un proceso de colonización de tierras públicas con fines de ampliación de la frontera agrícola que abarcó la mayor parte de los bosques de propiedad nacional y que tuvo como consecuencia la destrucción de gran parte del capital forestal. En los ejidos que se formaron dentro del área de la concesión, la nueva división predial se sobreimpuso sobre la ordenación espacial prevista en el plan de manejo de la concesionaria. Desde el punto de vista técnico en esos ejidos no existió un aprovechamiento forestal persistente. Como las divisiones forestales no coincidían con las prediales, un ejido podía representar p.ej. un área de corta anual de la empresa. En este caso, el mismo era vaciado de todas sus existencias cortables en una sola anualidad y el bosque perdía valor ante la población local, la cual procedía a tumbarlo (Galletti y Argüelles, 1987). En estos casos el plan de ordenación siguió pero como simulación: se mantuvieron los volúmenes anuales de corta en una superficie forestal que se iba achicando año con año. Debe reconocerse, sin embargo, que de no haberse aprovechado tales volúmenes de todas maneras se habrían perdido económicamente, ya que los colonos venían a desmontar la tierra hubiera o no venta de la madera, y el estado promovía a su vez dicho desmonte. En esos ejidos había una "percepción no forestal" y una diferente motivación de la población. No se trataba de ejidos forestales sino de ejidos agrícolas con monte. En los ejidos localizados fuera del área de la concesión MIQRO la situación fue peor: se hicieron planes de manejo a corto plazo, sin criterios de ordenación forestal y a veces con existencias sobrevaluadas, o bien los aprovechamientos se llevaron a cabo sin ninguna planificación.

La existencia del plan de ordenación en cada uno de los seis ejidos originales, así como la importancia económica de la actividad chiclera (en sí conservacionista) hizo que, aún dentro del proceso general de destrucción forestal, al término de la concesión existieran todavía superficies forestales importantes (Galletti, 1989). Además, debe contabilizarse como inversión en beneficio de los montes la construcción de caminos forestales hecha por la empresa, sin la cual no habría sido posible el rápido paso hacia el aprovechamiento forestal por parte de los campesinos.

LOS CRITERIOS ADOPTADOS AL COMIENZO DEL PPF EN 1983

En la fase inicial del PPF no era pensable modificar drásticamente el sistema tradicional de los aprovechamientos sin poner en peligro el proceso paulatino de participación campesina. No se trataba de imponer una idea técnica sino de desencadenar un proceso participativo. A partir del modelo de la concesión (ya conocido por la población local y que el PPF "copio" para reducir la introducción de innovaciones) se buscó adoptar un número mínimo de medidas silvícolas que aseguraran un mínimo de racionalidad técnica. Talas fueron:

1. En cada ejido se propuso a los ejidatarios la delimitación de un área destinada al uso forestal permanente (AFP): Su ubicación fue decidida por la asamblea ejidal. Éste fue un primer paso de planificación del uso del suelo por parte de la población local. Hubo áreas arboladas que quedaron fuera de las AFP (consideradas como posibles ampliaciones agrícolas futuras), pero dentro de las AFP estaba prohibido el desmonte con fines agrícolas. Se separaron así las reservas territoriales y las áreas propiamente forestales (Galletti, 1989). Este paso significó el surgimiento, por primera vez, de bosques espacialmente limitados y con un régimen definido de uso del suelo (la separación entre sylva y forestis, surgida en Europa Central en la época de los reyes francos), precondición básica para el desarrollo de un manejo forestal moderno.

2. Se adoptaron medidas provisionales para asegurar la racionalidad de los aprovechamientos, en tanto se comenzaban inventarios forestales. Se mantuvo el ciclo de corta original de la concesionaria y el área forestal se dividió en 25 áreas de corta anual de igual superficie. El área de corta anual se dividió en cuadrículas de 100 ha delimitadas por brechas, retomando una medida de control espacial de la extracción que originalmente había aplicado la empresa concesionaria y que posteriormente abandonó. Dentro de estas cuadrículas se midió el arbolado cortable, manteniendo el diámetro mínimo de la empresa. Esto no aseguraba una producción anual estable, pero el criterio resultaba comprensible para los campesinos. Además, se revisó el inventario de la empresa ajustándolo a las nuevas superficies forestales.

A diferencia de la etapa anterior, se buscó desde un principio incrementar la productividad de la selva por medio de un aprovechamiento más intensivo, que incorporara nuevas especies y -en la medida de lo posible- superara el aprovechamiento volcado únicamente hacia las maderas preciosas. Desde el punto de vista dasonómico se consideró que se requería de una mayor intervención para que la corta se convirtiera en una herramienta silvícola. Por cada metro cúbico de madera preciosa se obligó a los compradores a extraer dos metros cúbicos de otras especies. Esto marcó una diferencia entre las actividades de extracción tal cual las organizaba la empresa concesionaria y la nueva situación. Si bien esta medida causó problemas con los compradores (ya que afectaba sus intereses inmediatos) y sus alcances en un principio no fueron comprendidos por la población local, se abrió el camino hacia la diversificación de los aprovechamientos.
 

DESARROLLO DE UNA ORGANIZACIÓN EJIDAL PARA LA EXTRACCIÓN (1983-1986)

La división de trabajo es algo que va evolucionando. Las actividades se organizan y las tareas se hacen más específicas a medida que la situación lo requiere. En una primera etapa los ejidos desarrollaron una organización para la producción de trozas, tomando en sus manos la administración del negocio forestal y organizando las tareas de extracción a partir de los criterios mínimos de ordenación forestal ya discutidos. Con estas medidas mínimas se pretendía sentar las bases de organización laboral necesarias para comenzar un proceso de ordenación forestal más complejo. A nivel de conducción se logró pasar hasta cierto punto de una estructura personalista (la autoridad ejidal tradicional) a una estructura de funciones (áreas de trabajo diferentes con responsables diferentes). Los principales puestos que se diferenciaron fueron: el jefe de monte (funciones: deslindar el área de corta anual, delimitar las cuadrículas, ubicar las bacadilla, organizar y supervisar el monteo, coadyuvar en el marqueo, organizar y supervisar la tumba, supervisar el saneo y numeración de trocería, llevar el registro de trocería, participar en la cubicación, identificar y marcar árboles semilleros, organizar la recolección de semillas, cooperar en la selección de áreas para plantaciones de enriquecimiento, organizar y supervisar las plantaciones y manejar la nómina de personal de monte), el jefe de maquinaria (funciones: diseñar el trazo de caminos, organizar y supervisar su construcción y mantenimiento, organizar y supervisar el arrastre de troncos, organizar y supervisar la carga y transporte de trocería, responsabilizarse del mantenimiento de la maquinaria y manejar la nómina del personal de maquinaria) y, en una segunda etapa, el encargado de vivero. Sin embargo, salvo excepciones, a nivel de personal no se logró superar el estadio de improvisación laboral, debido en parte a la costumbre ejidal de rotar permanentemente el personal; en parte a la falta, por parte de la gente, de una definición precisa del perfil laboral necesario para el desempeño de una función específica (Flachsenberg, 1994a), y en parte a las dificultades para el surgimiento de órganos de decisión más empresariales.
 

PLANTEAMIENTO DEL PRIMER PLAN DE MANEJO (1986-1989)

La ordenación forestal implica una secuencia de obtención de informaciones, cuyo análisis e interpretación lleva a la formulación de planes de manejo. Como base de información, en 1986 se comenzaron a realizar inventarios forestales de existencias y a aplicar determinados criterios silvícolas generales. Dichos inventarios fueron realizados para el AFP de cada predio, con un diseño bietápico por bloques con transectos al azar que implicaba un grado de cobertura espacial mucho mayor que la del inventario de MIQRO.

Para lograr una comprensión de los problemas de manejo, metodológicamente resultaba necesario incorporar a los campesinos en las tareas del inventario (Stöger y Galletti, 1987a). Sin embargo, esto se convierte en un problema técnico. La experiencia de llevar a cabo inventarios participativos mostró que los campesinos no tuvieron la capacidad organizativa ni los conocimientos suficientes como para ejecutar el inventario críticamente (Carter et al., 1995). El problema principal se refirió a la falta de una estructura rigurosa de control de la toma de datos de campo. En muchos casos los campesinos siguieron organizando las tareas en la forma tradicional de rotación periódica del personal, lo que implicaba un proceso de ensayo y error permanente. Además faltó una estructura técnica lo suficientemente diferenciada como para conducir el proceso. Los técnicos tenían una asignación espacial de tareas (un técnico estaba a cargo de uno o varios ejidos, donde cumplía diversas funciones) y no sectorial (un técnico especializado con una función determinada que abarcara toda el área del proyecto). En consecuencia, en algunos predios se realizaron inventarios precisos y en otros no. A pesar de estos problemas, los inventarios sentaron una base de datos que permitió un grado de planificación espacial mucho más avanzado que el que había llevado a cabo la concesionaria.

Paralelamente se comenzó a desarrollar un sistema de información geográfica que permite el análisis numérico y gráfico de las variables dendrométricas del arbolado (número de árboles, área basal y volumen por hectárea) por especie y diámetro. Dicho sistema permite analizar la composición de la masa forestal en áreas pequeñas, cuyo tamaño y forma puede ser seleccionado por el usuario, y permite la incorporación anual de los datos del aprovechamiento (Sánchez Román, 1987). El plan de manejo recogió una activa discusión sobre la aplicación de criterios dasonómicos y el desarrollo de un modelo silvícola (PFEQR, 1990). Los principales criterios fueron los siguientes:

Criterios ecológicos

Las especies de mayor importancia económica (Caoba y cedro) se comportan como pioneras tardías y dependen para su regeneración de la existencia de perturbaciones (claros naturales o producidos por el hombre) en las que existan condiciones adecuadas de luz durante el tiempo de establecimiento de la regeneración y hasta que la misma esté en condiciones de alcanzar el dosel. La perturbación es el elemento dinamizador del ecosistema, pero los cambios producidos en el mismo no deben ser irreversibles. Dentro del área de distribución natural de la caoba estas condiciones se dan de manera ideal en el sur de Quintana Roo (Lamb, 1966).

En la península de Yucatán, con suelos pobres y una estación seca marcada, crece una selva relativamente marginal, con diámetros considerablemente menores y un dosel más bajo que las selvas ubicadas en latitudes más ecuatoriales. Perturbaciones relativamente pequeñas producen un grado de iluminación adecuado para le regeneración de la caoba. La competencia por lianas es asimismo reducida. La selva está adaptada a una alta frecuencia de ciclones y fuegos, por lo cual las masas forestales se encuentran en la mayoría de los casos en estadios previos al clímax (Huguet y Verduzco, 1952). El tratamiento silvícola busca reproducir el tipo de perturbaciones adecuado para la regeneración de la caoba, usando la corta como herramienta silvícola. Se consideró que el método silvícola más adecuado para estas condiciones es el de selección por bosquetes.

Criterios silvícolas

La caoba se adoptó como especie guía por varias razones: es una especie de alto valor comercial y un mercado notablemente estable (con una alta demanda desde épocas de la Colonia), tiene una gran amplitud ecológica y pocos problemas fitosanitarios, y es una de las especies dominantes. De las especies comerciales ocupa el cuarto lugar en términos de volumen de fuste limpio (Flachsenberg, 1995a).

Como no se contaba con datos de crecimiento en las condiciones naturales de la selva para ninguna especie, se determinó como una primera aproximación un turno de corta de 75 años para la caoba a partir de datos de la bibliografía (Rodríguez Caballero, 1944), de registros del Instituto Nacional de Investigaciones Forestales y de mediciones en antiguas bacadillas de diversas edades conocidas del ejido Noh Bec, que presentaban abundante regeneración natural de caoba (Olmsted, 1987, Álvarez, 1987). A partir de dichos datos se estimó un crecimiento meta para la caoba de 0.8 cm/año. Se tomó en cuenta que el turno máximo probable estaría dado por la dinámica natural de la sucesión, la cual está ligada a la frecuencia de perturbaciones catastróficas (huracanes e incendios), el cual con base en datos de Los Tuxtlas se estimó en alrededor de 105-115 años (Sarukhán, 1984).

Se fijaron dos diámetros mínimos de corta: 55 cm para las especies de mayores dimensiones (Swietenia macrophylla, Cedrela odorata, Pseudobombax ellipticum, Enterolobium cyclocarpum y Manilkara zapota) y 35 cm para el resto de las especies. Se previó sin embargo una aplicación flexible del criterio, para permitir cortas intermedias de mejoramiento. El turno de la caoba fue dividido en tres ciclos de corta de 25 años, a partir de comparaciones entre el inventario actual y el llevado a cabo por la empresa concesionaria. Se dividió al arbolado en categorías (regeneración establecida, repoblado, reserva y cortable), estimándose que en cada ciclo cada categoría pasaría a la categoría superior. El arbolado se dividió en grupos de especies de afinidad tecnológica, previendo que cada grupo fuera aprovechando y comercializando en conjunto, algo que luego no pudo aplicarse. Alguno de estos grupos constituía además un grupo silvícola, pero otros no. Se estaba consciente de que el criterio de diámetros mínimos implicaba una selección negativa a favor de las especies e individuos de crecimiento más lento, pero en ese entonces se requería de un criterio mínimo que permitiera la continuación de los aprovechamientos mientras se generaban nuevos datos.

El cálculo de la posibilidad se hizo con criterios conservadores:

1. Las existencias cortables totales que arrojó el inventario se dividieron en 25 años, y no se consideraron volúmenes de incorporación ni el crecimiento de las mismas durante dicho ciclo, y

2. A pesar de tratarse en su mayor parte de masas forestales en estadios preclimáxicos, no se tomó en cuenta la posibilidad de un incremento neto. Se consideró un modelo de incremento cero, en el cual el incremento corriente y la tasa de mortalidad se equilibraran.

El problema de la regeneración fue considerado en forma especial. La regeneración natural de las especies esciófilas parece estar prácticamente garantizada en la medida en que no se intervenga masivamente una alta proporción de la masa forestal. Previendo un aumento futuro en el número de especies utilizadas, lo cual significará una mayor apertura del dosel, se adoptó una intervención máxima del 30% del área basal o la superficie, por encima de la cual no debería cortarse el monte.

Las principales especies comerciales, sin embargo, tienen comportamiento heliófilo y para el establecimiento de su regeneración dependen de la existencia de perturbaciones adecuadas. Su regeneración se promovió dentro de las áreas de corta, en los lugares en que se presenten dichas condiciones o mediante la creación de las mismas. Se reconocieron tres tipos principales de perturbaciones causadas por el aprovechamiento: bacadillas, caminos de saca y claros producidos por la tumba de árboles. El primero es una perturbación de gran tamaño (de 2 mil a 5 mil m2), con el dosel profundamente alterado. Éste no llegará a cerrarse y la regeneración que allí se establezca podrá desarrollarse hasta alcanzar la altura promedio del mismo. El segundo tipo de perturbación abre muy poco el dosel, y en la mayoría de los casos resulta inadecuada para el desarrollo de especies heliófilas. El tercero es una perturbación de tamaño variable (de 50 a 200 m2). En la mayoría de los casos resulta demasiado pequeño en las condiciones actuales, y el dosel se cerrará antes de que la regeneración pueda alcanzar su altura. Sin embargo, puede ser mejorado uniendo huecos producidos por la tumba de varios árboles para generar una perturbación mayor (Stöger y Galletti, 1987b; Shulz, 1990; Hernández, 1992). Este tipo de claro requiere además de limpias para eliminar los residuos de explotación, que reducen el área disponible para la regeneración. Estas medidas son importantes, ya que un simple aumento del número de claros no mejorará las condiciones para la regeneración.

Frente a estas condiciones surge la pregunta: ¿es posible lograr, manipulando el tamaño y características de estas perturbaciones, desarrollar un sistema silvícola basado centralmente en la regeneración natural?. En un principio se consideró que sí, pero pronto dicho criterio fue abandonado. Las especies heliófilas típicamente pioneras (blandas) tienen un banco de semillas de larga longevidad y/o alta potencialidad para la reproducción vegetativa. Cuando se produce una perturbación adecuada estas semillas germinan. Sin embargo, salvo en el caso del primer tipo (bacadilla), los claros son por lo general demasiado pequeños para asegurar el establecimiento y desarrollo de la regeneración natural. En el caso de la caoba y el cedro, su estrategia reproductiva es muy aleatoria y no se puede confiar solamente en la regeneración natural. Las semillas son de corta viabilidad y su producción muestra grandes variaciones anuales. Además, tanto la distribución del arbolado de estas especies como la de las perturbaciones adecuadas para su regeneración es irregular. Algunas bacadillas registran existencias muy elevadas de regeneración natural de caoba (Álvarez, 1987; Hoffmann, 1991) pero otras no, por lo cual los datos deben manejarse con prudencia. El sistema debe basarse en plantaciones de enriquecimiento a ser llevadas a cabo en las perturbaciones adecuadas para la regeneración de estas especies (Stöger, 1988; Flachsenberg et al., 1992). El manejo de las perturbaciones del tercer tipo es la base del sistema de selección por bosquetes propuestos en el plan de manejo.

Para el planteamiento del sistema silvícola se procuró combinar criterios que garantizaran tanto la persistencia como la rentabilidad económica. Por ejemplo: si bien la provocación de perturbaciones catastróficas de gran tamaño favorece la regeneración de caoba (Snook, 1993) en la práctica esto tiene un interés teórico, ya que no es pensable la destrucción de grandes superficies forestales sólo para favorecer la regeneración de una especie. Más bien, el camino debería ser un aumento paulatino en la utilización de especies y calidades para poder así intervenir una mayor superficie y regular el tamaño y distribución de los claros, y concentrar las existencias de caoba en los mismos a través de plantaciones de enriquecimiento en bosquetes (Stöger y Galletti, 1987b). El desarrollo de la silvicultura debe así ir de la mano del desarrollo del mercadeo.

El plan de manejo preveía pasar de una silvicultura genérica y extensiva a una rodalización con medidas diferenciadas para cada caso (SPFEQR, 1990; Stöger, 1988). Si bien el primer inventario fue de carácter estático, uno de los resultados más impresionantes fue la enorme variabilidad de la masa forestal de acuerdo con el sitio. Su composición (tanto en especies como en estructura diamétrica) no muestra correlación con variables simples, tales como el suelo. La misma parece depender mucho más de la historia del rodal. Esta situación exigía desarrollar un sistema silvícola flexible y basado en un elevado control de área.
 

EVOLUCIÓN DEL MANEJO DESDE 1989 HASTA LA FECHA (1996)

Las acciones se concentraron en dos grandes líneas: 1) enriquecimiento y revisión del modelo silvícola a partir de nuevos datos, y 2) mejoramiento de las prácticas de ordenación y extracción. Ambas líneas no se desarrollaron en forma paralela y en todos los ejidos. Hubo muchos altibajos. El resultado es que en la actualidad se observa una gran disparidad de situaciones. Se discuten a continuación los principales retos y problemas que debe enfrentar el manejo.

Definición del área forestal permanente

Si bien las asambleas ejidales delimitaron áreas destinadas al uso forestal permanente, salvo excepciones las mismas no fueron deslindadas físicamente en el terreno. En algunas ocasiones los propios criterios de definición del área resultaron confusos (como es el caso del ejido Tres Garantías, que definió como AFP "todos los montes altos" del ejido). Al afinarse los criterios de manejo esta indefinición se hizo crítica. La misma fue agravada por la presencia de programas que siguen fomentando el desmonte agropecuario o bien por el programa PROCEDE, que busca deslindar las parcelas ejidales sin importarle gran cosa la persistencia o no de los bosques de uso común. La definición precisa de las AFP y su aceptación por todos los actores (públicos y privados) sigue siendo una tarea prioritaria.

Incorporación de datos epidométricos al modelo

La falta de datos sobre crecimiento fue reconocida en el plan de manejo como un elemento crítico. Por ello, en 1989 comenzaron a ensayarse sitios circulares como unidades de muestreo de una red de parcelas permanentes (Stöger, 1989), basadas en el método suizo de control (Biolley, 1920) en su versión moderna estadística. El método de control se basa en una división del bosque en rodales en función de la potencialidad del sitio. Para cada rodal debe establecerse un número representativo de parcelas de muestreo. El objetivo es no tanto obtener información sobre el incremento individual, sino más bien medir el crecimiento neto del rodal (Flachsenberg, 1995b). La unidad de muestreo son sitios circulares de 500 m2. El diseño y tratamiento estadístico del muestreo fue afinado para lograr una adecuada representatividad de la variabilidad espacial (Sánchez Román, 1993). Los sitios se levantan sobre una red sistemática de brechas con rumbo sur-norte, separadas 250 m entre sí. El modelo permite evaluar el incremento de los individuos, incorporación, mortalidad y regeneración. El sistema de información geográfica se perfeccionó para incorporar los datos de las parcelas permanentes (Sánchez Román, 1993). Se estandarizó la toma de datos en forma accesible para técnicos y campesinos (Flachsenberg, 1992). En los últimos años se avanzó hasta establecer una red de parcelas permanentes que se cuenta entre las más intensas de los trópicos, combinada con el establecimiento de parcelas para el estudio del crecimiento de la caoba. Estos sitios se vienen leyendo anualmente.

Es demasiado prematuro hacer una evaluación de los resultados de las parcelas permanentes. Las primeras recomendaciones arrojan resultados muy variables de acuerdo con las condiciones del sitio, que van desde incrementos superiores hasta inferiores al incremento medio previsto (Sánchez Román y Ramírez 1992, 1995; Sánchez Román, en preparación; Whigham et al., en esta publicación). Dada la enorme variación de los incrementos anuales debido a las variaciones de precipitación, es de primordial importancia llevar a cabo remediciones que permitan el cálculo de los incrementos corrientes (se está cerca de contar con una primera serie de datos al respecto) y relacionarlos con variables del sitio. En lo que hace a la propuesta de aumentar el turno de corta de la caoba a 120 años (Snook, 1991 y 1992), la misma surge del análisis de un rodal de 75 años fechado con base en la memoria campesina local, y se generaliza para toda la región un dato que involucra la transmisión oral al menos por dos generaciones. Debe tomarse en cuenta la necesidad de ampliar la base de datos con mediciones directas desde la perspectiva de turnos diferentes para condiciones del sitio diferentes, y considerar que decisiones apresuradas pueden desestimular la economía forestal de la región, que es el verdadero motor de la conservación.

Evaluación del recurso forestal

El análisis de los dados del inventario de existencias contra los datos de la evolución del aprovechamiento llevó a una revisión de los métodos de evaluación del recurso forestal. El ejido Noh Bec llevaba un avance espacialmente ordenado de las áreas de corta, y en el mismo se centraron los esfuerzos silvícolas (fue considerado "ejido piloto"). Se preveían áreas anuales de corta de una superficie promedio, pero se observó un aumento paulatino de las mismas más allá de los límites previstos. Los propios ejidatarios constataron que los resultados del inventario no coincidían con las existencias reales. La revisión mostró dos problemas:
1) errores en la toma de datos de campo del primer inventario, y 2) falta de control de la extracción (un volumen considerable quedaba en el monte y la extracción se distribuía sobre una superficie mayor que la prevista). La situación llevó a reducir el volumen de aprovechamiento en dicho ejido, pero al mismo tiempo obligó a reorganizar el levantamiento de datos de campo y a diseñar un nuevo modelo de inventario forestal más controlable. A partir de este problema se decidió abandonar el sistema de muestreo aplicado (basado en sitios rectangulares de 10 x 100 m) y remplazarlo por el sistema de sitios circulares de 500 m2, unidad que permite un mejor control de la calidad de los datos. El muestreo de sitios circulares para el inventario de existencias se combinó con el sistema de sitios permanentes, pero el porcentaje de muestreo de los primeros es mucho más alto y recoge menos información.

Ordenación espacial y planificación

El plan de manejo original permitió el cálculo de posibilidad a nivel general, pero no se definió su distribución espacial. Salvo excepciones, la ubicación del área de corta dentro del AFP es una decisión que toma anualmente la asamblea general de cada ejido, y el equipo promocional debe montarse sobre la misma buscando incidir para lograr pasos más previsibles hacia la ordenación espacial y el establecimiento de un plan de cortas.

Para avanzar en este sentido se planteó la división de la posibilidad total para cada grupo de especies en cinco bloques quincenales equivolumétricos, equilibrando en lo posible el tamaño de los mismos. Dentro de cada bloque se mantiene constante el volumen anual de la caoba, pero se permite su variación en el resto de los grupos. Como la distribución del arbolado varía de ciclo en ciclo, la distribución de los bloques es válida sólo para un ciclo de 25 años. Una vez finalizado el mismo ésta deberá ser revisada (Stöger y Galletti, 1989). Esto permite definir espacialmente un bloque de corta para cinco años (Argüelles, 1990). Ante la dificultad de que un plan de cortas con áreas anuales definidas sea respetado por los grupos campesinos, se busca un punto medio, que resulte aceptable para los mismos. La estratificación en bloques resulta un primer paso importante hacia el concepto de una ordenación espacial del bosque en unidades de manejo más pequeñas (Flachsenberg, 1991a). Para los ejidos con bosques pequeños el sistema de bloques resulta inaplicable, por lo que se propuso un modelo más intensivo de aprovechamiento en fajas sucesivas (Flachsenberg, 1995c). Asimismo, el concepto de la caoba como especie guía puede ser manteniendo en los grandes ejidos forestales, pero en estos ejidos pequeños debe buscarse otra solución.

Organización espacial y control de los aprovechamientos

Una de las tareas más importantes de los últimos años fue la utilización de la red de brechas creada con la aplicación del sistema de inventarios con sitios circulares como base para el control espacial de la extracción. La unidad de control de la extracción (cuadrícula de 1 km x 1 km) se redujo a cuadros de 500 x 500 metros, deslindados físicamente, con una brecha central que permite su subdivisión. Esta retícula permite planificar el aprovechamiento a partir de los datos del inventario, ayuda a determinar el trazado de caminos y localización de las bacadillas, y permite el control espacial de la extracción. Los registros se llevan por cuadro. Las cuadrículas son asimismo la base para la planificación de las plantaciones de enriquecimiento (Flachsenberg, 1993 a).

Algunas prácticas del manejo actual ya coinciden con este modelo, pero otras discrepan y algunos casos faltan todavía. Deberá ser tarea de los equipos técnicos incidir en el proceso para introducir paso a paso estos elementos, en forma de mejorar cada vez más el control de la extracción.

El modelo silvícola y las superficies aptas para regeneración

El modelo preveía un aumento en la utilización de especies para provocar una perturbación espacial considerable que pudiera ser utilizada como herramienta silvícola, y promover la creación de superficies aptas para la regeneración de las especies de mayor valor comercial. Pero lo que era un paso lógico en la teoría resultó muy problemático en la práctica. La industria no se adaptó rápidamente al consumo de nuevas especies, no se desarrolló rápidamente un mercado alternativo para las mismas, y los campesinos tampoco desarrollaron rápidamente una organización con capacidad de respuesta. La demanda de nuevas especies resultó muy aleatoria, lo que impidió el manejo por grupos previsto en el modelo. Además, las tareas de limpieza de claros previstas sólo pudieron llevarse a cabo a nivel de ensayo, ya que tal tarea debe ir de la mano del desarrollo de nuevos productos y mercados.

El plan de manejo preveía la intervención (en promedio) de un 30% de la superficie total en cada ciclo (Stöger y Galletti, 1987b). El aprovechamiento se mantiene por debajo de esta cifra. Esto significa que la superficie apta para regeneración de caoba resulta insuficiente. Se ha buscado concentrar las existencias de caoba en las perturbaciones existentes. Las plantaciones han mejorado la relación entre árboles cortados y árboles regenerados de 1:10 hasta 1:18 (López, 1994), pero existe un problema espacial todavía sin resolver.

Grado de aplicación del modelo silvícola

La aplicación del modelo silvícola varió en cada ejido debido a numerosas condicionantes. Hubo grandes diferencias en lo que respecta a la definición de las áreas forestales permanentes, el control de las operaciones silvícolas y los trabajos de campo del inventario, y de acuerdo con las condiciones locales se dieron avances, estancamientos e incluso retrocesos (Flachsenberg, 1991b). Se presentan a continuación varios casos de la región, ejemplificando cómo varía el grado de aplicación del modelo silvícola.
 

CASO 1: NOH BEC

Noh Bec es el caso de aprovechamiento más ordenado. Las áreas de corta anuales muestran un avance espacial sistemático y están delimitadas en cuadros de 500 x 500 m, lo que sienta las bases para un buen control de la extracción. Las distintas especies se aprovechan dentro de una misma área de corta. Es el único ejido que rehizo el inventario total de su AFP actualizándolo con el sistema de sitios circulares. En estas condiciones, el criterio de revisión del inventario pudo ser aplicado con resultados muy provechosos, porque llevó a una mejor planificación y un mayor control espacial de los aprovechamientos. Aquí se aplicó en su totalidad el principio de los bloques quinquenales equivolumétricos. Tanto la comunidad como el equipo técnico asignado a dicho ejido tuvieron la capacidad de corregir los errores sobre la marcha (un elemento favorable en este sentido fue la instalación de una oficina técnica con equipo de cómputo en el propio ejido). En la actualidad, el avance del aprovechamiento se da según los pronósticos previstos en el inventario corregido. Han surgido elementos de previsión: el actual bloque de corta registra una posibilidad mayor que la prevista, pero el ejido ha decidido ahorrar dicho volumen como "colchón" de seguridad hasta cerrar el ciclo de 25 años. El ingreso forestal (madera y chicle) tiene en esta comunidad una importancia central, y cuenta con el grado de organización más alto. Varios ejidatarios o hijos de ejidatarios han iniciado estudios de agronomía o dasonomía. La combinación de elementos silvícolas y socioeconómicos favorables sentó las bases para el desarrollo de prácticas de manejo racionales. Sin embargo, un punto flaco es que todavía el ejido no ha definido con precisión su AFP.
 

CASO 2: PETCACAB

Petcacab ilustra el caso de una excelente situación de partida en lo silvícola, pero complicada en lo social. Es un ejido maya, con dificultades para lograr una profesionalización laboral. Cuenta con una enorme reserva forestal, lo que ofrece un gran margen para el ensayo y error. El control de aprovechamiento en manos de los campesinos tuvo dificultades, pero con el correr de los años se fue afianzando. La definición del área de corta anual tuvo durante varios años un carácter caótico (las diferentes especies se sacaban de diferentes lugares, en varios frentes de corta), pero a través de la promoción se logró que los aprovechamientos se concentraran en una sola área de corta. A ello contribuyó el que varios ejidatarios fueron durante largo tiempo jefes de brigada del inventario, lo que generó un buen conocimiento silvícola local. El efecto económico demostrativo llevó a que el ejido decidiera ampliar su AFP, pero el volumen de corta no aumentó. En consecuencia, este monte siempre se ha explotado por debajo de su posibilidad. A ello se suma una abundante reserva y repoblado. En resumen, este ejido representa un modelo en el cual la holgura de volúmenes y la composición a futuro del monte permitieron "absorber" deficiencias iniciales. Petcacab será sin ninguna duda la "potencia forestal" regional en el próximo ciclo de corta. Sin embargo, las tendencias a la división interna introducidas por la nueva Ley Agraria podrían poner en peligro la unidad de gestión forestal.
 

CASO 3: TRES GARANTÍAS Y CAOBA

Se trata de dos ejidos de gran tamaño con bosques relativamente dispersos, que forman diferentes masas separadas. A diferencia de los ejidos anteriores (netamente forestales) en éstos la actividad agropecuaria es importante. Una parte considerable de la población espera el reparto de las utilidades que genera el monte sin participar activamente en los trabajos forestales. En los primeros años de trabajo los bosques fueron sobreexplotados (se estimaba que un desarrollo local basado en el desarrollo industrial y la utilización de nuevas especies permitiría luego reducir la presión sobre los volúmenes de corta, pero esta expectativa no se dio), la ubicación de las áreas anuales de corta no tuvo una ordenación espacial clara, y los inventarios no se completaron sino que se fueron levantando de manera progresiva. En estas condiciones el criterio de bloques quinquenales no se puede aplicar como herramienta de planificación a largo plazo por falta de un inventario total de referencia. El resultado es que se equilibran superficies pero no volúmenes. Desde 1993 se está buscando ordenar la situación, a partir de la ubicación e inventario de áreas no intervenidas. En el próximo ciclo deberá reducirse la posibilidad del machiche y de la caoba. Estos ejidos ilustran las dificultades que se presentan en una situación de partida forestalmente de manera moderada favorable (pero con una situación de partida forestalmente de manera moderada favorable (pero con un escaso margen para el error), a la cual se suma una situación social desfavorable y una falta adecuada de control de los aspectos técnicos.

CASO 4: EJIDOS PEQUEÑOS

En estos ejidos los ingresos de la producción forestal representan cuando mucho el 20% del ingreso de la población local (Flachsenberg, 1994; Hess, 1996). El aprovechamiento forestal no ha producido una diferenciación social y técnica significativa. En estas condiciones el aprovechamiento comunal resulta un lastre, porque las utilidades deben repartirse entre un gran número de gente que no trabaja el bosque. Retrospectivamente, se debe reconocer que desde un principio se debería haber favorecido la apropiación del monte por parte de grupos de interés más definidos de tipo cooperativo. En la actualidad el aprovechamiento del chicle marca un modelo en este sentido, pero los interese internos en el ejido dificultan su extensión al aprovechamiento maderero. Dado el tamaño reducido de las AFP el margen para el ensayo y error era mínimo, y además resulta inaplicable el modelo de bloques quinquenales. A ello se suma que el equipo técnico sólo tenía en estos ejidos una presencia parcial (un técnico atendía varios ejidos).

Dentro de este marco general se pueden reconocer dos situaciones: ejidos en los cuales se ha producido un deterioro del recurso forestal (Los Divorciados, Plan de la Noria, Manuel Ávila Camacho) y ejidos en los cuales persisten bosques económicamente atractivos y es posible reorientar las acciones (Chacchoben, Botes). En el primer tipo de ejidos, en los primeros años se desarrolló el modelo de extracción de trozas al igual que en los grandes ejidos forestales. Retrospectivamente, se debe reconocer que deberían haberse comenzado desde un principio actividades de tipo agroforestal y de plantaciones en pequeñas parcelas. El AFP está sometida a presiones por parte de los ejidatarios, que aprovechan la madera en forma individual y desordenada. No hay elementos de control social. La crisis económica de los últimos años ha agravado el problema. En el segundo tipo de ejidos (Botes y Chacchoben) hubo división interna, pero la misma no llegó a significar una amenaza sobre el AFP. En el caso de Botes, durante varios años los ejidatarios no llevaron a cabo aprovechamientos, lo que significó un ahorro para el bosque. En estos casos, la alternativa de organización de grupos de interés de tipo cooperativo podría ser viable.

Este tipo de ejidos ilustra que aún los bosques pobres y pequeños requieren de una organización técnica forestal adecuada, pero ésta requiere de una atención personalizada (la promoción no puede llevarse a cabo como actividad de tiempo parcial), y resulta proporcionalmente más cara que la de bosques de grandes extensiones. El relativo abandono técnico de estos ejidos se debió a causas que se analizan a continuación.
 

EL DIFÍCIL DESARROLLO DE UNA ORGANIZACIÓN FORESTAL

Mantener vivo el desarrollo del concepto de manejo comunal depende del surgimiento y desarrollo paralelo de dos agentes de cambio: grupos forestales definidos dentro de la propia comunidad y equipos promocionales (el "agente externo" mencionado al inicio de este trabajo) con capacidad al mismo tiempo de interlocución con los grupos campesinos, de negociación institucional y de conducción de los aspectos técnicos. En la región se desarrolló un modelo de relación entre ambos actores que, no obstante altibajos, ha mostrado su funcionalidad. Sin embargo, no deben subestimarse los problemas técnicos existentes. Al igual que en toda organización, el funcionamiento o no de un modelo depende del perfil de los actores que componen la misma. Como en Quintana Roo a partir de la experiencia del PPF surgieron diversas sociedades de productores forestales, con diversos equipos técnicos, se dio una gamma de variables al respecto.

El servicio forestal oficial nunca tuvo una presencia en el monte. Al principio del PPF, la constitución de un equipo promocional con un alto grado de autonomía y movilidad significó superar una forma de operar burocrática y llevar las tareas de las oficinas a la comunidad y el monte. Al mismo tiempo, el estado exigía la aplicación de criterios silvícolas y ecológicos decididos desde afuera y sin conocimiento práctico de la situación, muchas veces absurdos (por ejemplo, exigir el manejo integral forestal, claramente inaplicable en estas condiciones). La parte normativa no normaba adecuadamente. Esta incongruencia desencadenó una posición defensiva por parte de los equipos técnicos promocionales frente a las instituciones, la cual no sólo bloqueó la interacción con las autoridades forestales y ecológicas sino que en ocasiones se generalizó también a otros elementos externos, con consecuencias que todavía se sufren (por ejemplo la falta de pasos definidos de desarrollo técnico o la poca transparencia en el manejo de la información).

En un principio, el equipo del PPF se centró en lograr la incorporación de los campesinos a las actividades de extracción. La estructura técnica tenía un grado mínimo de diversificación y estructura. Cada técnico se ocupaba de varios ejidos y en los mismos debía realizar las tareas más diversas. En esta etapa el mayor éxito fue la combinación de la habilidad promocional con la aplicación de un número mínimo de avances técnicos. El equipo técnico y los grupos forestales campesinos se apoyaron mutuamente, y hubo un desarrollo considerable en ambas partes. La estructura se mostró insuficiente cuando las actividades forestales alcanzaron un nivel de complejidad mayor. El equipo técnico debió llevar al mismo tiempo el levantamiento de datos del inventario y el control de la extracción. No surgió una estructura de conducción especializada, sino que cada técnico decidió las medidas a adoptarse en su ejido. El resultado fue que parte de las actividades fueron decididas en forma espontánea por los ejidatarios y que las herramientas de control silvícola registraron una gran variedad en cada ejido. Ante esta situación se reestructuraron las funciones del personal. Parte se especializó en la relación de inventarios y parte se dedicó al control de la extracción. La situación se hizo más compleja porque la instalación de aserraderos ejidales requería de un esfuerzo de la asistencia técnica en aspectos industriales y de comercialización, y faltó gente especializada para ello. Sin embargo, el número de técnicos no aumentó. El resultado fue una mayor dispersión, con la consecuente disminución en la densidad de la asistencia técnica. El equilibrio se rompió y el proceso tuvo contramarchas.

En países donde se da un equilibrio entre los actores sociales y las reglas del manejo silvícola están establecidas y aceptadas por todos ellos, el pago del personal técnico forestal es una función del gobierno y el beneficiario del servicio sólo corre con los costos de las operaciones cuando solicita un servicio especial. En México, en 1986 el estado concesionó a las sociedades forestales campesinas la prestación de los servicios técnicos forestales, pero los campesinos tuvieron que pagar su personal técnico. Las cuotas establecidas por metro cúbico alcanzaban para financiar un número mínimo de tareas, pero el desarrollo el manejo exigía (y exige) una mayor densidad técnica que no podía ser pagada por los campesinos. La situación era particularmente crítica en ejidos con muchos habitantes y montes pequeños. Si bien se avanzó mucho en la cobertura territorial por parte del equipo con respecto a la época de la concesión, cada técnico debía controlar aproximadamente 20 mil ha de selva (en Alemania la cobertura es de un técnico por cada 1000 ha). Por otra parte, al depender económicamente del dueño del recurso, la aplicación de criterios técnicos por parte del prestador de servicios forestales queda limitada y el concepto de autoridad forestal se pierde. En lugar de una relación horizontal se desarrolla una simbiosis en la cual los intereses campesinos a corto plazo se sobreimponen a los intereses de la sostenibilidad del manejo a largo plazo. Si bien éste ha sido un problema universal en el desarrollo de la administración forestal, el mismo no debe ser subestimado.

La permanente asfixia económica obligó a los equipos promocionales a buscar diferentes fuentes de financiamiento externo, lo que introdujo un elemento adicional de imprevisibilidad a corto plazo claramente negativo para el surgimiento de una estructura estable. Varios apoyos financieros externos permitieron al personal del equipo técnico original del PPF dedicarse a tareas especializadas (notoriamente la realización de inventarios y la planificación de caminos). Sin embargo, varias de estas tareas fueron vistas en parte como "ajenas" por los campesinos, debido a que no se relacionaban en forma inmediata con sus prácticas e intereses forestales a corto plazo. Debe mencionarse que en muchos casos los apoyos externos estaban diseñados para financiar proyectos de ensayo e investigación, pero no para financiar el desarrollo y aplicación de tareas silvícolas locales y registros sistemáticos que pudieran convertirse en rutinas permanentes. El "núcleo duro" del control espacial de los aprovechamientos quedó en este contexto desprotegido. El problema de la falta de adecuación de los apoyos externos a las necesidades de un desarrollo forestal local a largo plazo es recurrente.

La promulgación de la Ley Forestal de 1992 cambió drásticamente la visión de la función del sector público. La responsabilidad del manejo forestal fue transferida del estado a los dueños de montes y a los prestadores de servicios técnicos forestales. Por un lado, esto permitió superar las viejas trabas burocráticas del servicio forestal oficial, pero por el otro significó la dispersión de la autoridad forestal y la creación de feudos técnicos independientes, donde cada responsable técnico forestal tiene la libertad de aplicar sus propios criterios. La falta de criterios silvícolas generales por parte del estado no impulso el surgimiento de una visión regional común en Quintana Roo para los aspectos de manejo. El desarrollo de un concepto silvícola depende así de la capacidad de visión local, pero ésta a su vez está determinada por la experiencia y el conocimiento comparativo de otras situaciones en lugares en que la práctica del manejo ya está establecida, los cuales por lo general faltan. La falta de criterios regionales comunes tiene efectos concretos. El carácter de las tareas, registros y rutinas de trabajos forestales varía entre los distintos grupos. Un problema especial es la falta de registros locales periódicos de los aspectos de operación (cálculo de costos, tiempos y movimientos, etc.). Éstos son dos puntos críticos a solucionar.

En últimas fechas, el equipo original del PPF fue dedicándose a tareas especializadas y en la práctica operativa fue remplazado por nuevo personal (algunos de ellos hijos de ejidatarios que hicieron estudios forestales), pero con poca capacidad promocional. Si bien en los últimos años se ha venido avanzando hacia un mayor control espacial de la extracción (p.ej. reducción de los frentes de corta de Petcacab), la función de catalizador social del equipo disminuyó y falta una adecuada tarea en aspectos de organización interna ejidal. Existe el peligro de que el espontaneísmo organizativo dé origen a contramarchas en el proceso.

En resumen para alcanzar la sostenibilidad del manejo forestal el proceso de desarrollo silvícola no puede quedar librado a su propia inercia. Existe en algunos actores la creencia de que la participación campesina será de por sí garantía de buen manejo, que la iniciativa campesina no debe "contaminarse" por una visión técnica y que los equipos profesionales deben tener una función transitoria hasta que la comunidad tome la totalidad del proceso en sus manos. Ésta es una reducción simplista de los criterios del Plan Piloto Forestal que ha llevado a deformaciones populistas sin futuro. El manejo forestal moderno requiere de un proceso paulatino pero continuado de profesionalización, que incluye aspectos silvícolas, industriales y comerciales. El surgimiento a partir de la comunidad campesina de la "empresa forestal " en su sentido clásico sigue pendiente para poder superar el carácter híbrido de la organización ejidal. Es necesaria la presencia sistemática de un "agente externo" capaz de promover la sistematización y transferencia de nuevos conocimientos y prácticas para evitar que el proceso se estanque. Este agente promocional puede ser externo a la comunidad campesina, pero también a los equipos técnicos locales. Un ejemplo de ello en Quintana Roo es el efecto catalizador que ha tenido el proceso de certificación del buen manejo (llevado a cabo por certificadoras independientes a partir de los criterios del FSC) para la adopción de nuevas técnicas o para la afinación de las existentes. La interacción voluntaria entre estos distintos actores es sin duda un elemento dinamizador en el proceso de creación de una cultura forestal local. Para ello se requiere del desarrollo de consensos a nivel regional y un proceso abierto de creación, transferencia y a aplicación de conocimientos.
 

APRENDER DE LA EXPERIENCIA

Si bien en comparación con otros bosques tropicales en Quintana Roo se han logrado considerables avances, los problemas que se suscitaron han sido tan grandes como los que se han buscado solucionar. Sin embargo, en el desarrollo del proceso no es posible sentarse a esperar que la ciencia produzca informaciones relevantes para ser posteriormente aplicadas. El método de incidir en las tendencias sociales y técnicas ha mostrado ser la única vía para el desarrollo del manejo en la práctica.

El sistema de democracia directa ejidal ejercido a través de la asamblea se autobloquea por la ineficiencia y cambio permanente en la toma de decisiones. Resulta central que los mecanismos internos de decisión ejidal cambien lo suficiente como para garantizar la continuidad de la administración forestal ejidal. La alternativa más viable parece ser la reestructuración de la organización de manejo a través de una estructura más empresarial, pudiendo combinarse con el desarrollo de cooperativas locales u otras formas similares que representen grupos de interés más definidos. Sin embargo, el desarrollo de esta alternativa exige una gran tarea promocional.

Un aspecto crítico de la estructura ejidal ha sido la falta de capacidad de ahorro. El tradicional reparto masivo de las utilidades impide la reinversión en el monte, dificultando que la silvicultura sea un arma para aumentar el valor del capital vuelo a largo plazo. Salvo en los ejidos con bosques más ricos, los ingresos forestales no resultan suficientes para que toda la población ejidal pueda vivir de los mismos. La situación exige desarrollar nuevas formas de utilización del recurso, lo cual no siempre será aceptado por la población local. Debido a que el aprovechamiento del monte no va a generar empleos para toda la población, es necesario complementarlo con la producción de pequeñas industrias y talleres familiares, así como con prácticas de tipo agroforestal.

La dispersión de criterios y las diferencias de calidad de los equipos técnicos promocionales ha sido un problema, pero en las condiciones actuales una uniformidad impuesta desde el estado casi seguramente llevará a una burocratización. Los equipos deben contar con libertad para ensayar, pero ésta debe darse dentro de un marco de capacidad de conducción técnica, compromiso con el desarrollo forestal, conocimiento y serenidad profesional. Asimismo, la excesiva dispersión de los equipos promocionales ha atentado contra su especialización. Debe darse una importancia central al desarrollo organizativo, con apoyos especializados. La interacción entre los grupos promocionales y de los mismos con agentes externos que promuevan la innovación tecnológica, el cambio socioeconómico y la prestación de servicios especializados debe convertirse en un proceso normal. La tendencia debe ser, sin duda, hacia el establecimiento de tareas, rutinas y registros silvícolas aceptados y aplicados por todos. En este contexto, una meta a alcanzar debe ser el manejo transparente de la información.

La experiencia muestra claramente que no es posible el desarrollo de un sistema único y generalizado de manejo forestal. Las condiciones locales exigen soluciones también locales. El avance hacia una silvicultura basada en unidades de sitio debe pasar primero por medidas silvícolas específicas para cada ejido, lo cual incluye la fijación local del objetivo principal del manejo forestal. Sin embargo, esto no puede quedar librado a la improvisación o imaginería locales. Deben existir criterios silvícolas generales y una aplicación sistemática de los mismos, y ésta deberá ser verificable. El monitoreo del proceso resulta una herramienta fundamental para la toma de decisiones. La instalación del sistema de parcelas permanentes (que por otra parte depende de un financiamiento externo más estable) puede dar respuesta a varios problemas, pero debe existir una correlación sistemática entre los datos silvícolas y los datos del aprovechamiento. Un aspecto específico es el del control externo de las operaciones de manejo. La evaluación periódica por parte de grupos externos certificadores reconocidos internacionalmente introduce dos elementos (libre voluntad y seriedad técnica) necesarios para convertirse en un apoyo del proceso en la dirección correcta.

En resumen, el desarrollo histórico del manejo forestal en Quintana Roo muestra la necesidad de armar una estructura administrativa forestal más compleja, capaz de reordenar y utilizar en forma más eficiente los escasos recursos disponibles. La capacidad de conducción de los aspectos silvícolas debe ser apoyada y reforzada. Sin embargo, los apoyos externos no deben ser un elemento que desvíe al proceso de sus tendencias centrales, sino que debería tener un papel dinamizador en los aspectos críticos mencionados. A pesar de los altibajos del proceso, el manejo forestal comunal sigue siendo la mejor alternativa para la conservación de los bosques tropicales.
 


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